

El trampantojo es el truco más difícil del muralismo: no basta con pintar bien, hay que engañar al ojo. Aquí el encargo era literal.
Abrir un boquete falso en una pared lisa y que al otro lado apareciera un lago de montaña.

El borde irregular del "muro roto" está resuelto con sombras y volumen realista, de forma que a distancia resulta indistinguible de un desperfecto real, mientras que dentro del hueco se despliega un paisaje alpino completo, con reflejo en el agua incluido.
El efecto sorpresa es inmediato: la primera reacción de cualquiera que entra es acercarse a tocar el borde.
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