

Llevar Nueva York a un salón asturiano: ese era el encargo. Una panorámica del puente de Brooklyn y el skyline de Manhattan al anochecer.
Resuelta íntegramente en escala de grises sobre la pared principal de la vivienda.

El blanco y negro es el examen más duro del muralismo: sin color que distraiga, todo depende del dominio del degradado — las luces del puente reflejadas en el East River, la retícula de ventanas iluminadas, la niebla entre los rascacielos. Técnica de spray y aerografía trabajando como una fotografía de gran formato.
Un mural pensado para vivir con él a diario: elegante, atemporal y con la escala exacta para presidir la estancia sin devorarla.
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(2016-25©)


